Por Sandra Steingraber, Ph.D.*
He aquí un signo de nuestros tiempos: dentro del mundo de la imprenta
ha surgido un subgénero de la no ficción -las memorias de Alzheimer.
Una de las primeras fue Elegy for Iris ("Elegía para Iris"), escrita
por el crítico literario inglés John Bayley acerca de su esposa, la
novelista Iris Murdoch. Tanto en el libro como en la película basada en
el mismo, vemos a la famosa y brillante Murdoch descender a un estado
mental en el que, no pudiendo ya vestirse o hablar, desea sólo ver el
famoso y sencillo programa infantil de los Teletubbies. Más recientes
son The House on Beartown Road: A Memoir of Learning and Forgetting
("La casa en el camino de Beartown: Memorias del aprendizaje y del
olvido") por la periodista Elizabeth Cohen, de la cual se publicó un
pasaje en la revista "People", y The Story of My Father ("La historia
de mi padre"), por la exitosa novelista Sue Miller, de la que apareció
una reseña en la revista Reader's Digest [1].
Y éstas incluyen sólo libros en los cuales el protagonista de la
historia es un profesor universitario. Existen muchas, muchas otras.
Mi propio padre fue profesor universitario y sufre de demencia. Ahora
vive en una casa de reposo. Esto ya ha dejado de ser algo no
convencional -la mitad de los residentes de las casas de reposo en los
Estados Unidos son dementes [2]- pero la decisión de colocarlo allí fue
extraordinaria para mi familia. Después de cincuenta años de casados,
mi padre quería vivir sus días con mi madre en la casa que él
construyera para los dos cuando ella era su novia; mi madre estaba
entregada a cuidarlo sin importarle lo difícil que fuera. Y durante
varios años luego de ser diagnosticado, ella lo hizo.
Pero entonces papá se tornó "delirante y combativo", en el lenguaje de
la neurología. "Delirante" significa que creía que mi madre estaba
teniendo relaciones. Sospechaba cuando sonaba el teléfono. La seguía
hasta el buzón de correo gritándole acusaciones. Rondaba la casa de
noche buscando al otro hombre. La vigilaba de pie cuando ella
dormía. "Combativo" significa que comenzó a revivir sus experiencias en
Italia durante la segunda Guerra Mundial. Era una combinación peligrosa.
Así que mi padre, profesor universitario retirado -el hombre que me
introdujo al cálculo y a Rachel Carson, que plantaba un huerto orgánico
cada primavera, que tomó clases de piano a los 40, a quien le gustaba
bordar, hornear pan y hacer velas, quien mandó a colocar cinturones de
seguridad en el auto familiar antes de que esto fuera algo común- está
ahora internado en un lugar del cual ha tratado de escapar regularmente
y a cuyo personal ha tratado de asaltar periódicamente. Se ha
convertido literalmente en un prisionero de combate, lo cual era su
mayor miedo sesenta años atrás, cuando como soldado adolescente
navegaba por el Mediterráneo en un barco de guerra.
En el ala de Alzheimer en la casa de reposo donde vive, hay una
descripción detallada de los residentes en la puerta de cada
habitación. Esto es una forma de ayudar a los pacientes a recordar
dónde están ubicadas sus camas. Estas biografías también nos recuerdan
a mi madre, a mi hermana y a mí que papá es parte de una tribu mucho
más grande. Los que sufren de demencia incluyen maestros, granjeros,
empresarios, ministros eclesiásticos, viajeros, bailarines. Cada uno
tiene una familia, una identidad.
Y esta pequeña casa de reposo rural es parte de una historia colectiva.
En los Estados Unidos, unos 4,5 millones de personas sufren de
Alzheimer, y otros 1,5 millones de personas sufren de otras formas de
demencia. Debido a que los riesgos de desarrollar demencia aumentan
drásticamente con la vejez (10 por ciento de los mayores de 65 años
están afligidos por Alzheimer, mientras 40 por ciento de los mayores de
85 años lo están), y debido a que la población misma está envejeciendo
rápidamente (los hijos del primer "baby boom" tendrán 65 años en el año
2011), estamos en presencia de una epidemia en cámara lenta [3, 4].
Siendo un mal que no tiene cura, la enfermedad de Alzheimer ha dejado
de ser la 12va causa de muerte para convertirse en la 8va [5]. Se
proyecta que en el año 2050, 10-15 millones de estadounidenses tendrán
Alzheimer -más del doble del número que tenemos ahora [3, 4].
Las implicaciones económicas de estas estadísticas son igualmente
serias. (Y como profesor de contabilidad, mi padre las hubiera
encontrado convincentes). Los pacientes de Alzheimer viven, en
promedio, ocho años después de ser diagnosticados. Durante este tiempo
requieren de $213.000 en cuidados médicos. Esto hace que el Alzheimer
sea la tercera enfermedad más cara en los Estados Unidos. (El cáncer y
las enfermedades cardiacas todavía ocupan los primeros dos lugares)[3].
Sí, alguien ha sacado las cuentas: la carga económica actual de la
enfermedad de Alzheimer en cuanto a los tratamientos médicos es de
alrededor de $100 mil millones al año [3]. Un investigador ha calculado
que los costos anuales podrían elevarse a $700 mil millones para el año
2050 [4]. Estas cifras no incluyen el tercio de demencias
neurodegenerativas no originadas por Alzheimer. También se espera que
la preponderancia de la demencia con cuerpos de Lewy (la segunda forma
de demencia más común) y de la enfermedad de Parkinson (que ocasiona la
demencia en una tercera parte de los casos) aumente drásticamente a
medida que la población envejezca [6, 7].
Todas estas enfermedades están clasificadas oficialmente
como "desórdenes idiopáticos de patogenicidad desconocida" [7], que es
otra forma de decir que nadie sabe qué las causa. Así, además de
presentar enormes desafíos personales a aquellos afligidos y a los que
los ayudan, la demencia neurodegenerativa trae consigo cuatro
características espantosas: se desconoce su causa; se desconoce su
cura; se está volviendo cada vez más común; y cuidar a cada persona
diagnosticada cuesta muchísimo más que la hipoteca de una vivienda
promedio.
Evidentemente, entonces, atender el problema de las causas de la
demencia debería ser una prioridad nacional. Algunos médicos
investigadores están trabajando fervientemente para entender la génesis
de la demencia, y, mientras sus esfuerzos todavía no han adquirido la
urgencia coordinada de, digamos, el programa de la bomba atómica en los
años 40 o del programa espacial en los 60, comienza a emerger un marco
de trabajo para una indagación.
En mayo de 2003, el Centro para la Salud y el Ambiente de los Niños, de
la Escuela de Medicina de Mount Sinai (Mount Sinai School of Medicine's
Center for Children's Health and the Environment) organizó una
importante conferencia en la Academia de Medicina de Nueva York
titulada "Early Environmental Origins of Neurodegenerative Disease in
Later Life" ("Orígenes ambientales tempranos de las enfermedades
neurodegenerativas de la vejez") [8]. En SYMA #777 examinaremos con
detenimiento las evidencias de la existencia de una relación entre el
ambiente y las enfermedades de Alzheimer y de Parkinson. Aquí
estudiaremos el razonamiento conceptual que se sigue para sostener que
existe una conexión entre la influencia del ambiente en la edad
temprana y las demencias durante la vejez, según fue presentada en esta
innovadora conferencia.
El razonamiento es el siguiente: primero, la herencia parece tener muy
poco que aportar al riesgo de desarrollar demencia. (Por ejemplo, la
herencia explica sólo el cinco por ciento de los casos de la enfermedad
de Parkinson) [9]. Esto significa que para entender las causas de la
demencia tenemos que mirar al ambiente, posiblemente en combinación con
la genética y el estilo de vida.
Segundo, se cree que muchas enfermedades neurodegenerativas aparecen a
través de una serie de estados que requieren muchos años o incluso
muchas décadas para desarrollarse. La cascada de cambios neuronales que
desencadenan en Alzheimer puede ser evidente durante la segunda y la
tercera décadas [10]. Esto significa que las exposiciones tóxicas a
edades tempranas -incluso las exposiciones prenatales- pueden ser más
relevantes para las demencias durante la vejez que las mismas
exposiciones ocurridas posteriormente. Tercero, muchos desórdenes
cognoscitivos causados por exposiciones a químicos tóxicos tienen
efectos que perduran durante décadas. Los trabajadores de Dupont
expuestos a altos niveles de plomo en el trabajo mostraron una mayor
disminución en sus habilidades cognoscitivas durante su retiro que sus
compañeros de trabajo expuestos a niveles bajos, a pesar de que ningún
grupo había estado expuesto a nada de plomo durante casi veinte años.
En Corea del Sur se observaron resultados similares [11].
Cuarto, estudios en animales han mostrado que las exposiciones a
químicos neurotóxicos a edades tempranas pueden crear cambios leves
pero permanentes en el cerebro sin producir ningún déficit funcional
hasta que los efectos de estas "toxinas silentes" sean desenmascarados
por desafíos posteriores [12]. Esto significa que la exposición
temprana a ciertos químicos neurotóxicos puede aumentar la
susceptibilidad a exposiciones posteriores.
Quinto, los químicos neurotóxicos en forma de pesticidas,
organoclorados persistentes y metales pesados, están altamente
distribuidos en el ambiente en los EE.UU. [5].
Sexto, estudios en seres humanos con enfermedades no mentales muestran
que ciertos factores que aparecen temprano en la vida pueden
predisponer a un individuo para desarrollar cierta enfermedad durante
su vejez. Por ejemplo, estudios en Inglaterra muestran que los bebés
que nacen pequeños porque se les negó una nutrición adecuada durante la
gestación se convierten en adultos con un riesgo mayor de sufrir
hipertensión, infartos, diabetes y cáncer de mama o próstata a una edad
avanzada. Los resultados de estos estudios sugieren que los bebés
están "programados" por los insultos ambientales que suceden durante
períodos críticos del desarrollo, teniendo consecuencias permanentes.
Esta idea se conoce como la hipótesis de Barker [13]. En SYMA #777,
exploraremos la relevancia de la hipótesis de Barker en las
enfermedades de Alzheimer y de Parkinson.
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*Sandra Steingraber es bióloga y escritora (vea SYMA # 565).
Actualmente es Becaria Visitante Distinguida en el Programa de Estudios
Interdisciplinarios de la Universidad de Ithaca, Nueva York.
A menos que se especifique lo contrario, todas las citas se refieren a
presentaciones hechas durante la conferencia organizada por la Escuela
de Medicina de Mount Sinai, "Early Environmental Origins of
Neurodegenerative Disease in Later Life: Research and Risk Assessment"
("Orígenes ambientales tempranos de las enfermedades neurodegenerativas
en la vejez: Investigación y evaluación de los riesgos") (Academia de
Medicina de Nueva York, 16 de mayo de 2003). El informe de la
conferencia está siendo preparado para su publicación.
[1] J. Bayley, Elegy for Irish (New York: St. Martins Press, 1999); E.
Cohen, The House on Beartown Road: A Memoir of Learning and Forgetting
(New York: Random House, 2003); S. Miller, Story of My Father (New
York: Knopf, 2003).
[2] Robert Butler, M.D., Presidente y director ejecutivo, International
Longevity Center, "Early Determinants of Disease in the Elderly".
[3] M. Saleem Ismail, "Trials, Tribulations and Triumphs in Alzheimer's
Disease: Where Are We Now and Where Are We Going?" presentación en la
conferencia "Meeting the Challenge of Dementia" ("Enfrentando el
desafío de la demencia") del Instituto de Gerontología de la
Universidad de Ithaca, 29 de mayo de 2003.
[4] D. Shenk, The Forgetting -- Alzheimer's: Portrait of an Epidemic
(New York: Doubleday, 2001), pág. 5.
[5] Introducción al informe de la conferencia, págs. 1-2.
[6] G.B. Wilks, "Supportive Treatment of Lewy Body Dementia", Patient
Care Vol. 34 (2002), págs. 85-90.
[7] R.L. Nussbaum y C.E. Ellis, "Alzheimer's Disease and Parkinson's
Disease", New England Journal of Medicine Vol. 348 (2003), págs. 1356-
64.
[8] Los organizadores de la conferencia fueron el Centro Internacional
de la Longevidad (International Longevity Center), la Fundación
Bachmann-Strauss de la Distonia y el Parkinson (Bachmann-Strauss
Dystonia and Parkinson Foundation), y la Red de Salud Ambiental de los
Niños (Children's Environmental Health Network).
[9] C. Warren Olanow, M.D., Mt. Sinai School of Medicine, "New Research
in Parkinson's Disease".
[10] John Morrison, Ph.D., Mt. Sinai School of Medicine, "Neurobiology
of Aging and Dementia".
[11] Andrew Todd, Ph.D., Mt. Sinai School of Medicine, "Lead and Loss
of Cognition".
[12] Deborah Cory-Slechta, Ph.D., University of Rochester, "Animal
Models of Parkinson's Disease".
[13] C. Osmond y D.J.P. Barker, "Fetal, Infant, and Childhood Growth
Are Predictors of Coronary Heart Disease, Diabetes, and Hypertension in
Adult Men and Women", Environmental Health Perspectives Vol. 108
Supplement 3 (2000), págs. 545-553.